Martín Arceo S. Bernardo Fernández, Bef (ciudad de México, 1972), es indefinible con una sola palabra. Escribe y dibuja cómics, es diseñador gráfico por la Universidad Iberoamericana, donde da clases de ilustración digital. Fue director de la revista Complot de 1997 a 1999, y ganó por su trabajo el Premio Nacional de Periodismo en el área de diseño editorial. Ha obtenido galardones internacionales por sus relatos, sobre todo los policíacos. Y su labor como novelista es bien conocida; su más reciente opus, Cuello Blanco, acaba de salir a la venta bajo el sello Grijalbo.

“Cuello Blanco es la segunda novela de una serie que arrancó con una precuela en Tiempo de alacranes y tuvo su primera entrega en Hielo Negro. Se pueden leer independientemente, como en todas las series policíacas, teniendo como modelo las de Sherlock Holmes y las de la Comisaría 87 de Ed McBain”, dijo en entrevista electrónica.

Sus narraciones “tienen mucho de ciencia ficción y mucho, mucho, del mundo de los cómics. No sólo porque aprendí a contar historias leyendo a Alan Moore y Frank Miller (autores seminales de la década de 1980, el primero por Watchmen, entre otras, el segundo por sus series de Batman y Daredevil), sino porque en esta novela en concreto, Cuello Blanco, la detective Mijangos tiene que resolver el asesinato de cuarto cerrado de un dibujante de cómics que aparece muerto en un cuarto cerrado. Ello me da pretexto para hablar del mundo del cómic y los dibujantes. Es curioso porque hay pocos retratos literarios de los comiqueros en México. Yo sólo recuerdo una novela de Gerardo de la Torre, Morderán el polvo. Él fue guionista de historietas.

“En Cuello Blanco Lizzy Zubiaga, mi reina de las drogas sintéticas que ya había aparecido desde la novela anterior, decide poner un banco global para criminales que quieran blanquear dinero. Por su lado, Andrea Mijangos, ex mujer policía convertida en detective privada, está dispuesta a echarle el guante. Incluso a costa de aliarse con la DEA (siglas de la Agencia Antidrogas estadunidense) en una operación de infiltrada.

“De hecho, la novela anterior ganó el premio Grijalbo en 2011 y el jurado, sin saber que yo era el autor, destacó su ritmo de novela gráfica. Me sentí muy orgulloso. Son cómics dibujados con palabras.”

Como historietista, Bef sale de una camada que incluye entre otros a Sebastian Bachan Carillo (creador de El Bulbo y Vinny el perro de La Balbuena, http://balazo.net/; ilustrador de Power nap a partir de guiones de Maritza Campos, http://www.powernapcomic.com), así como a Edgar Clement (autor de Operación Bolívar, http://edgarclement.blogspot.mx/2010/02/mis-comics.html, y de Los perros salvajes http://www.interzone.produccionesbalazo.com/), surgida profesionalmente durante los estertores de la gran era de la historieta industrial mexicana, a principios de la década de 1990, que no obstante “parecía que había una generación inexistente.
“Todos los grandes maestros eran de la generación de mi abuelos y luego había una camada de jóvenes un poco mayores que yo, pero no había gente como de la edad de mis papás. Había un hueco histórico ahí muy extraño. De modo que mi generación fue huérfana, sin vínculos con la anterior sencillamente porque ¡no existía!”, dijo Bef.

Eso llevó a Fernández a quedarse “en la escena contracultural de principios de los años 90. Había mucha mayor libertad de maniobra que dentro de los engranajes de la máquina. No me arrepiento”. Entonces fundó el colectivo Molotov –anterior y sin relación con la agrupación musical—, al lado de Bachan, Alfonso Escudero y Luis Javier García en una aventura fanzinera con ventas de mano en mano, que incluyó a las revistas Tripodología felina y Hemofilia.

“Trabajé varios años al lado de Bachan en el estudio de Alfonso Acosta, nieto del maestro Antonio Gutiérrez”, ilustrador de Lágrimas y risas, a quien Bef llamó “hombre talentosísimo y generoso, de una sencillez casi monástica. Y un dibujante soberbio. Lamento que siempre haya tenido que dibujar los guiones de Yolanda Vargas Dulché, melodramas menores que nunca estuvieron a la altura gráfica de su dibujante.

“Germán Butze es un autor tan complejo como sus contemporáneos Osamu Tezuka (llamado en Japón El dios del manga, creador de Astroboy y Kimba el león blanco, entre muchos otros clásicos) o Hergé (Tintin), cuya obra (Los supersabios) tristemente ha caído en el olvido. Respeto a mis mayores porque lo mío no es de generación espontánea. Paco Ignacio Taibo II dice que hay que rendir homenaje a los que estuvieron antes que tú y echar la mano a los que vienen atrás y yo lo suscribo. Mis otros dos héroes, dicho sea de paso, son Abel Quezada e Yves Chaland, dibujante belga muerto prematuramente”.

De la historieta pasó a la prosa, carrera de narrador “que le debe a todos mis colegas dibujantes que se tardaban tanto en dibujar mis guiones que me desesperé y comencé a dibujar historietas con palabras. He sido muy afortunado, hoy tengo más de 20 libros publicados entre novelas, libros infantiles, novelas gráficas y hasta un libro de humor gráfico para calmar mis ansias de monero”.
Hoy en una nueva etapa de la historieta mexicana, “el tipo de cómic que yo hago se mudó a las librerías con el formato del álbum y la novela gráfica. Estamos ganando para las historietas la respetabilidad de los libros. Y en los formatos digitales, el cómic mexicano de autor está llegando a públicos que antes era imposible. Y si bien no son productos masivos como sus abuelos de los puestos de periódicos, la calidad y sobre todo la libertad creativa que da el discurso autoral era sueños inalcanzables para la generación anterior”.

Bef espera que el cómic nacional “sea una opción literaria más –y enfatizo literaria en el mejor sentido—. Antes mi sueño era que las librerías tuvieran secciones de novela gráfica. Ya las hay, como en España y Argentina. Ahora deseo que se le eleve a la categoría cultural que tienen en esas dos naciones hermanas. La red es un gran instrumento de difusión para el material e idealmente las series que triunfen en la web deberían imprimirse”.

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