Las espontáneas palabras que Martin Luther King pronunció hace 50 años, desde las escalinatas del monumento a Abraham Lincoln, se convirtieron en un momento histórico para el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.

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Martin Luther King Jr. deja a un lado los papeles de su discurso. Durante 10 minutos los ha seguido, pero ahora habla de forma espontánea. El reverendo alza la mirada, se agarra con ambas manos al estrado y hace historia. Una y otra vez repite “Tengo un sueño”.

Más de 200.000 personas escuchan fascinadas cómo describe su sueño de igualdad para todos en pleno centro de Washington, desde las escalinatas del monumento a Abraham Lincoln, que justo un siglo antes había abolido la esclavitud. El público estalla. Muchos tienen lágrimas en los ojos, también millones de estadounidenses que siguen su discurso por televisión.

Las espontáneas palabras que el reverendo King pronunció el 28 de agosto de 1963 convirtieron aquel día en un momento histórico para el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Su discurso de 16 minutos caló hondo en la conciencia de una nación cuya Constitución reconoce claramente “que todas las personas fueron creadas iguales”, pero en la que en realidad todavía se vivía una separación racial.

“Cien años después, el negro todavía no es libre”, proclamó Martin Luther King. “Tengo un sueño, que algún día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo”.

Pero el discuro del reverendo, que entonces tenía 34 años, era el punto álgido de un movimiento mucho más amplio. Miles de personas llegaron a Washington en coches, trenes y autobuses procedentes de todo el país para manifestarse por la justicia y la igualdad. Los principales defensores de los derechos civiles negros habían convocado la “Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad”. El objetivo era aumentar la presión sobre el presidente John F. Kennedy y el Congreso para que de una vez sacasen adelante una amplia ley de derechos civiles e hiciesen más contra el desempleo y la pobreza.

La mayor protesta organizada hasta entonces en la capital estadounidense puso el foco sobre los defensores de los derechos humanos, que apenas habían logrado atraer la atención con sus acciones locales.

Las autoridades creían que iban a producirse disturbios y unos 5.000 efectivos de la policía, la guardia nacional y el Ejército vigilaban la ciudad. Los ánimos estaban caldeados. Tres meses antes, la policía había reprimido y herido a manifestantes en Alabama, entre ellos muchas mujeres y niños, y Kennedy habría querido evitar una concentración de negros indignados.

Pero durante la marcha no hubo que lamentar agresiones. Todas las cadenas de televisión mostraron a negros y blancos manifestándose juntos pacíficamente. “A ratos parecía un festival de música, mientras grupos de escolares tocaban palmas y cantaban canciones sobre la libertad”, informó al día siguiente The New York Times. Grandes cantantes como Bob Dylan, Joan Baez o Peter, Paul y Mary entretuvieron al público, entre el que se mezclaron actores como Marlon Brando, Paul Newman y Charlton Heston. “Habíamos cerrado Broadway”, recordaba el cantante Harry Belafonte en la revista Time.

A día de hoy, en Estados Unidos todo el mundo coincide en que se vivió un “momento de transformación”, como lo describió Belafonte. “El discurso puso a los estadounidenses ante un espejo que les permitió mirar al fondo del espíritu y el alma de nuestro país”, dijo por su parte a Time el ex secretario de Estado Colin Powell, que en aquella época servía en Vietnam.

Una vez celebrada la marcha, el propio Kennedy reconoció que el acto estuvo al servicio de las aspiraciones de los 20 millones de afroamericanos. “Tengo un sueño”, dijo sonriente a modo de saludo al recibir a Martin Luther King en el Despacho Oval.

Ese mismo año, Kennedy fue asesinado y le correspondió al presidente Lyndon Johnson conseguir que el Acta de Derechos Civiles se convirtiera en ley. Pero ni ésta, ni la ley de derecho al voto aprobada en 1965 fueron considerados en ese momento una consecuencia de la marcha, cuyo impacto había quedado difuminado en la memoria colectiva.

Por un lado, los líderes negros que no compartían la filosofía de resistencia pacífica del reverendo King la calificaban de parloteo sin sentido. Malcom X llegó a hablar de “la farsa de Washington” para referirse a la marcha. Por otra parte, en los años siguientes hubo tantos reveses y enfrentamientos raciales sangrientos que King a menudo dijo que su sueño se convirtió en una pesadilla.

Pero cuando en 1968 Martin Luther King murió asesinado a manos de un fanático, la parte improvisada de su discurso fue considerada rápidamente como su mayor legado. “El sueño no ha muerto con él”, afirmó el presidente Johnson durante su funeral en la Catedral Nacional de Washington. “Su sueño todavía nos sigue alentando”, dijo por su parte el presidente Jimmy Carter cuando en 1977 le concedió a título póstumo la Medalla de la Libertad, el mayor reconocimiento civil del país.

Medio siglo después, Carter volverá a honrar al reverendo King, como también harán el presidente Barack Obama y el ex presidente Bill Clinton. Este miércoles, los tres pronunciarán sus discursos en su memoria ante las escalinatas del memorial de Lincoln. Muy cerca se construyó hace dos años un monumento en su honor. Desde allí, Martin Luther King mira serio a la cercana estatua de Thomas Jefferson, uno de los fundadores del país que hicieron de la igualdad uno de los pilares fundamentales de Estados Unidos.

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