Colima, México. Avanzada.- “Mis alumnos faltaban regularmente a la escuela, bajo el argumento de que tenían que ir a ayudar a cosechar la mota o porque tenían que vigilar que no vinieran los soldados”, recuerda un profesor de educación telesecundaria que durante un año estuvo impartiendo clases en la comunidad de Ahuijullo, Jalisco que limita con Tepalcatepec, Michoacán.
‘Ildefonso’, a quien llamaremos así por seguridad, platicó con AVANZADA parte de las experiencias vividas cuando recibió su primera plaza laboral como profesor en la escuela Telesecundaria Miguel Hidalgo de esa comunidad, perteneciente al municipio de Tecalitlán, Jalisco a finales de la década de los noventa.
Ahuijullo, explicó, es una comunidad rural a la que en ese tiempo sólo se podía acceder por Tepalcatepec, Michoacán, lugar desde donde una camioneta que llamaban “la ganadera o surtidora”, hacía las veces de transporte público que se utilizaba tanto para personas como para mercancías.
El maestro Ildefonso explicó que desde un primer encuentro, los maestros que arribaban al lugar, incluso el mismo sacerdote, eran advertidos de las actividades que ahí se realizaban, “no era una amenaza, simplemente nos dejaban las cosas claras, diciéndonos ‘ustedes a lo suyo y no se metan en lo nuestro’”.
Subrayó que para poder llegar al lugar, había que transitar, primero, por el municipio de Jilotlán de los Dolores, donde retenes militares, sin excepción, revisaban cada uno de los automóviles que pretendían ingresar a Tepalcatepec, y una vez en ese lugar, la camioneta ganadera los llevaba a su destino.
Fue así como inició el ciclo escolar y con ello las ausencias periódicas de algunos de los alumnos que cursaban la telesecundaria.
Al percatarse de esta situación, preguntó qué era lo que pasaba y fue entonces cuando supo que sus alumnos participaban de una actividad común entre la mayor parte de los pobladores.
“Hubo momentos en donde me faltaban a clases varios alumnos y al buscar una justificación, ellos simplemente respondían que tenían que ayudar con la cosecha”.
No obstante, no solamente era esa actividad, algunos también eran vigilantes o halcones y tenían que avisar si se acercaba cualquier autoridad.
En ese año que vivió en la comunidad, el profesor Ildefonso aseguró que conoció a gente que se ganaba el pan de cada día en esas actividades ilícitas, pero nunca agredieron ni dañaron a nadie, “aunque una práctica común era la de lanzar balazos al aire, solo porque sí”.
Destacó que en una ocasión, durante un operativo de las autoridades, detuvieron a varios integrantes de la comunidad y entre ellos a uno de sus alumnos, por lo que los padres de familia le solicitaron su intervención como maestro y del sacerdote, para que liberaran al menor: “Lo soltaron al día siguiente, no hubo necesidad de intervenir”.
Después de haber vivido en ese lugar, Ildefonso Robles reconoció que el trabajo de un maestro siempre ha sido difícil, pero el trabajo de un maestro en una comunidad con este tipo de conflictos, es aun más complejo.
No obstante, aseguró que a pesar de que no regresó al lugar, se queda con la satisfacción de que hizo su trabajo: “Busqué que mis alumnos tuvieran una visión diferente al contexto en donde vivían, espero haberlo logrado”.
Al día de hoy, en consecuencia de los altos índices de violencia en el estado de Michoacán se han quedado por lo menos siete municipios sin clases, como Tancítaro, Páracuaro, Apatzingán, Gabriel Zamora, Múgica y Coahuayana.
Y ya se han manifestado afectaciones escolares también en los límites con los estados de Colima y Jalisco.