Hace muchos años, cuando llegué a vivir a Colima, una de las situaciones que más asombro me provocó fue el ver a un caballo con jinete entrando por la puerta de una casa. Era realmente un espectáculo inédito para mí, porque en mi natal Manzanillo los caballos vivían lejos, muy lejos del área urbana. Esta visión me pareció encantadora, al recordarme las viejas películas del Cine de Oro mexicano. El encanto se rompió algunos meses después, cuando me tocó sufrir las primeras cabalgatas de mi vida. Más de alguna vez tuve que faltar a mi trabajo nocturno (cuya naturaleza no voy a divulgar para crear un halo de misterio en torno a mi persona) por estar bloqueada la avenida Pino Suárez con el paso de un puñado de borrachos montados en briosos y cagones corceles.

Un par de años después tuve la encomienda de realizar un reportaje televisivo de todos los aspectos de la festividad, desde los recibimientos hasta los bailes y las cabalgatas, exceptuando las corridas formales, a las que nunca he asistido ni asistiré jamás. Esta experiencia me brinda la autoridad para describir las fiestas charrotaurinas como lo que son: una festividad vulgar, lejana de los intereses y expectativas de la mayoría de habitantes de Villa de Álvarez y Colima, que con el paso de los años se vuelve cada vez más irritante y ordinaria, especialmente en lo que a las cabalgatas se refiere.

Nunca he tenido muy claro cuál es el significado (si es que tiene alguno) de que una bola de encabalgados se exhiba por las calles de Colima y Villa de Álvarez hasta entrar triunfalmente a la Petatera. Supongo que hace 157 años un desfile de caballos no le causaba mayor conflicto a nadie, sobre todo considerando que la mayor parte del camino estaba completamente deshabitado. 

Sin embargo, en la actualidad, las dichosas cabalgatas provocan un terrible caos vial, contaminación y actos vandálicos. ¿Por qué siguen realizándose? Esta es la explicación de Kike Rojas, presidente municipal de Villa de Álvarez: “Mis respetos con las inconformidades que cada quien tenga, en la Villa es una tradición, es una fiesta que tiene 157 años, soy respetuoso y siempre y cuando no afecten a terceros no pasa nada”. (Por cierto, no entiendo por qué “Kike” y no “Quique”, como es la grafía tradicional. Aunque para una autoridad, me parece que sería de mejor gusto utilizar su nombre, y no su hipocorístico.)

Ese es el argumento principal para “blindar” los citados festejos: la tradición. El ayuntamiento encabezado por Rojas ha definido a las fiestas como “patrimonio cultural tangible e intangible” del municipio. Congruente con este nombramiento, el programa de este año incluye importantes actos culturales, como son las presentaciones de Juan Gabriel, Banda MS, Julión Álvarez, Ezequiel Peña, Voz de Mando y el Komander, amén de las corridas de toros.

De las palabras del presidente municipal, se deduce que él considera que las cabalgatas no afectan a terceros. Supongo que considera que quienes se quejan del desorden vial, las cacas de caballo en la vía pública y el desmadre de los borrachos encaballados, sólo son personas delicadas en exceso. ¿Qué importancia pueden tener, entonces, las voces de unos cuantos miles de ciudadanos enojados por no poder llegar a tiempo a su destino, frente a la importantísima labor cultural de quienes enaltecen la cultura de Villa de Álvarez a lomos de sus caballos?

La realidad es que desde hace muchos años las fiestas de la Villa se han convertido en un espectáculo denigrante, en el que participan unas cuantas personas, pero afectan prácticamente a toda la población del área conurbada. Hasta ahora, todas las autoridades han soslayado el hecho de que un desfile de esta naturaleza no sólo es anacrónico y molesto, sino potencialmente peligroso, porque bloquea totalmente la circulación en diversos puntos de la ciudad, además del riesgo que representa la posibilidad de que un caballo se desboque y lastime a los espectadores.

Aunque en lo personal todos los aspectos de esta fiesta me parecen abominables, creo que al menos se deberían acotar y reglamentar las cabalgatas, por ser una flagrante violación al derecho de libre tránsito de terceros. Si se me permite opinar, podrían partir de la piedra de Juluapan y encaminarse por puras vereditas hasta un famoso rancho, propiedad de Andrés Manuel López Obrador.

Pero no nos hagamos ilusiones: las fiestas de la Villa son una oportunidad inmejorable para que nuestras charrotaurinas autoridades se den baños de pueblo; por eso, justifican los desmanes que se cometen y los dispendios que se realizan (como la dichosa escultura que recién se develó) en aras de  “mantener viva una tradición centenaria” que tengo serios motivos para creer que sólo le interesa a una minoría.

 Por eso, creo que es necesario que las quejas de los afectados no se queden en las redes sociales, sino que levantemos formalmente nuestra petición para lograr que los charritos de temporal dejen de, literalmente, cagarnos la existencia.

 

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