Tengo la suerte de ser un usuario de Internet desde hace alrededor de 20 años; es decir, un poco después del surgimiento de la “World Wide Web”. Y digo suerte porque he sido testigo privilegiado de uno de los desarrollos tecnológicos más trascendentes y vertiginosos en la historia de la humanidad. En tan sólo un par de décadas, las conexiones han aumentado más de 200 veces su velocidad, y el aspecto de la red ha cambiado radicalmente, surgiendo nuevos servicios que hoy nos parecen totalmente cotidianos y triviales, pero que en aquella época parecían de ciencia ficción: videoconferencias y televisión en vivo, millones de videos disponibles para cualquiera, gigantescas bases de datos con información de todo tipo, aplicaciones para casi cualquier cosa disponibles desde el navegador web…
En 1996, conectarse a Internet era todo un ritual. Los módems telefónicos, con su sonido característico, tardaban un par de minutos en conectarse, y la conexión que se establecía solía ser muy inestable, lo que provocaba continuas interrupciones en el servicio. El internet, entonces, se apoderaba de la línea telefónica, y no se podían hacer ninguna llamada a menos que te desconectaras.
Por la lentitud de la red, era muy raro que hubiera música y mucho menos video disponibles para descarga. La mayoría de las páginas web sólo contenían texto, y los navegadores tenían la opción de no mostrar imágenes para acelerar la descarga de los datos. Para darnos una idea del enorme avance en las velocidades de conexión, en el año 2000 una canción tardaba en descargarse entre 12 y 20 minutos, mientras que ahora ese proceso requiere menos de 20 segundos, en promedio. El proceso de conexión a internet es ahora totalmente automático, sin necesidad de cables y desde dispositivos que anteriormente no existían, como los teléfonos celulares y las tabletas. Han surgido nuevos servicios, como las redes sociales o la venta virtual de música y libros. Antes de la difusión masiva de Hotmail en 1997, sólo se podía tener una cuenta de correo electrónico si se pagaba una renta mensual; actualmente, cualquiera puede tener una o varias cuentas de correo gratuitas y con gran capacidad de almacenamiento. Esto nos muestra claramente los grandes avances que ha tenido el internet en este relativamente corto periodo de tiempo.
Sin embargo, desde que apareció internet, surgieron también los fraudes y engaños en línea, llamados en inglés “hoaxes”, que algunos traducen como bulos, mientras que yo preferiría llamarlos “mitotes digitales”. Efectivamente; la red ha estado siempre plagada de personas que se dedican a crear mentiras y estafas, algunas veces con la intención de obtener beneficios de manera ilícita o simplemente para divertirse. Anteriormente los bulos se propagaban en forma de “cadenitas” por correo electrónico. A medida que se popularizaron las redes sociales, principalmente Facebook, los engaños adquirieron en ellas carta de residencia, llegando de manera casi instantánea a miles o millones de personas.
Muchas de estas noticias falsas no tienen mayor trascendencia, mientras que otras han llegado a causar verdaderas tragedias. Es conocido el caso de unas personas en Oaxaca que fueron a pedir la mano de una chica y casi fueron linchados al ser confundidos con secuestradores, debido a un rumor propalado por Facebook. Otro caso muy conocido es el de Lesly Alondra, la “niña güerita” que vendía chicles en Guadalajara, y que fue separada de su familia durante 9 meses, mientras su madre vivía un verdadero calvario al ser acusada infundadamente de plagio y maltrato infantil, siendo encarcelada y separada de sus pequeños; todo esto originado por una publicación de un cibernauta (quien después se supo que actuó de mala fe) y compartido miles de veces por personas bien intencionadas pero mal informadas.
A veces pasamos por alto que para que exista un engaño debe existir alguien que se deje engañar. Los usuarios de redes sociales, especialmente Facebook, suelen compartir información de manera totalmente irreflexiva y en ocasiones, como lo prueban los dos casos anteriores, irresponsable. En ocasiones es consecuencia de una falta de cultura informática, pero otras veces es simple pereza intelectual. “Total, si no es cierto a nadie hago daño”, me han argumentado algunas personas cuando les cuestiono esta falta de disposición para corroborar la información antes de difundirla. En ocasiones, son mensajes simplemente irritantes, como cuando se afirma que tal o cual alimento produce cáncer, o se atribuyen citas apócrifas a diversos autores o personajes, como al pobre de Einstein, quien ha sido convertido en una especie de Carmen Salinas de los “memes”: de todo opina y todo sabe.
Pero hay situaciones más delicadas, en las que debemos ser muy cuidadosos a la hora de difundir información, como es el caso de las personas desaparecidas. Por supuesto, las redes sociales han sido de gran ayuda para localizar personas extraviadas. Sin embargo, muchas veces se comparte información antigua o falsas alarmas, como el famoso caso de una tal Jennifer García Quintana, que lleva más de cuatro años siendo reportada como desaparecida prácticamente en cada ciudad importante de Latinoamérica, y cuyo versátil padre ha trabajado de empleado de la Caja Madrid o en Buenos Aires, de profesor en una prestigiosa universidad en la ciudad de México y hasta como piloto de Iberia.
Esta información falsa es aparentemente inofensiva. Sin embargo, llena la red de basura y distrae de los casos verdaderos, en los que la rapidez de respuesta es tan importante. Por eso, es una saludable costumbre realizar una rápida búsqueda en internet antes de compartir cualquier información de la que no tengas certeza. Busca, por ejemplo, el nombre de la persona reportada como desaparecida, y muchas veces encontrarás que esas personas ya fueron localizadas o que se trata de falsas alarmas, como en el caso de la andariega Jennifer. Así dejarás de llenar de mugre las redes sociales, al mismo tiempo que te evitas un tatemadón social por tu ingenua credulidad.